junio 28, 2014

Recuerdos.

Desperté sin mas, luego de un largo descanso, abrí los ojos y bajé por la escalera en madera que se encontraba al final de la habitación, descendí por ella y me encontré de frente con el balcón, con ese tranquilo balcón adornado por ella; sentada con un café en la mano, desnuda con una camisa mía que la cubría sólo un poco, con las piernas cruzadas recibiendo una luz en su cuerpo, una luz en la mitad de su rostro que la adornaba para mí. Parecía una fotografía, ella inmóvil siendo perfecta. Caminé hacia el balcón, la besé y me senté junto a ella a mirar el paisaje; encendí un cigarrillo, fumaba con la paz que ella me transmitía, escuché los pájaros cantar, la brisa moverse dentro de mí y dentro de su cabello, de su cabello suelto que me encantaba. No habían palabras por decir, sólo un silencio específico, en el que hablaba con ella, en el que me conectaba con aquella mujer que disfrutaba su café, aquella desnuda mujer a la que decidí entregarle mis mañanas, aquella que compartía conmigo ese balcón, esa mujer que hacía un instante había besado en la boca y que hacía instantes acababa de soñar, antes de haber despertado. Estaba ahí ante mí, sin decir palabra alguna, estática, desnuda, perfecta. Era aquella mujer, la del balcón, la del café, era ella la indicada. Le robé un sorbo de su café y se acercó a mí, se acercó y la abracé intentando no dejarla escapar. La cubrí entre mis brazos y seguí mirando hacia el vacío, hacia el paisaje que caía esa mañana sobre ese balcón, en el que me encontraba ahí, con ella.

abril 23, 2014


Hoy es de esas noches en las que la mente da vueltas al rededor del mismo tema, del mismo compromiso interminable hacia algo; del exhaustivo esfuerzo de sentirme bien, de buscar una felicidad, de solicitarle a alguien, que me ayude en esta tarea. Ha sido un camino bastante largo ya, bastante estrecho, y todavía sigo yo detrás; empedernido con que es esa la salida.


Cultivamos sueños, promesas, con la esperanza de que un día se hagan realidad; pero no contamos con la enorme responsabilidad que es 'alimentar' un sueño, mantenerlo; la ilusión se transforma de igual manera de como se creo, aquella sensación de euforia que se experimente, crea de igual un vacío al quebrarse, al marchitarse aquel sueño...

abril 16, 2014

Brillas.


Sonríe, para mí, una vez más. Cada sonrisa significaba una esperanza más, era como un apretón de manos felicitándome o un abrazo de orgullo; cada vez que la veía sonreír era como imaginarme a salvo, de ahora en adelante; era la puesta de sol perfecta en la playa perfecta.

abril 09, 2014

Amaneciendo.


La mañana está soleada, parece ser un día hermoso, pero sólo parece, porque yo me encuentro triste. Tengo un nudo entre la garganta que se me enreda al pasar saliva, me incomoda, ¿y ahora por qué será? Tengo una maña, una costumbre de andar incompleto, de andar triste.

Esa tristeza de ahora es la misma de antes, la de siempre, todavía tiene el mismo nombre y apellido; y lo peor, todavía me duele. Me duele como un pinchazo de una aguja en el centro del alma, un pequeño agujero que nunca sana, que pica, que arde; el día a día de ese sinsabor que tengo de ella.

Me duele principalmente su indiferencia, su moralidad, donde me exige pero no me da. ¡Ah vaina! Ya no sé cómo lidiarlo, es una situación pasajera, un dolor que desaparece cuando ella aparece; pero, ¿y si ella se va? Ahí ya no sería un dolor pasajero, ahí es donde más me aflijo, en la pensadera de cómo lidiarlo... Ya agoté mis escapes, en personas, en bebidas, en sustancias, en todo me refugié ya; ya no sé ahora para dónde voy o dónde me quedo.

Supongo que habré encontrado estas letras, que de una u otra forma han sido una compañía, que no me besan o que no me abrazan; pero han estado ahí, escuchándome. Así que me limito a esto, a escribir para mí, porque no es para nadie; a escribirme, a dedicarme párrafos enteros, frases y puntos.

abril 02, 2014


He decidido olvidarte, irrevocablemente he tomado la decisión de arrancarte, de romper tus fotos de una buena vez, de exprimir el recuerdo de tu piel, de lavarme tu olor, de cepillarme tus besos; has sido mala, he sido malo, hemos sido dañinos el uno para el otro, hemos causado tristezas infinitas, a lo largo de nuestro tiempo juntos, como ahora, cuando no sé tú, pero yo tengo el alma destrozada, rota, no en dos partes, ni en tres, sino en cuatro, en cuatro pedazos tengo el alma, y a punto de romperse en más.

Empezaré a olvidarte, a desterrarnos, a borrarnos, a olvidarte por partes; primero tu presencia, olvidaré tu estatura promedio, tu forma de vestir, tu compañía, tu silueta cuando el sol entraba por la ventana; después tus manos, con las que me dabas confianza, con las que andábamos por la calle, con las que me acariciabas cuando despertábamos, cuando me mirabas a los ojos y me decías tanto, cuando me transmitías la paz que jamás encontraré; luego tu cuerpo, tu sexo, tus senos, tu cadera, todo tu cuerpo, ese que hice mío una vez, ese del que todavía me siento dueño, del que no me olvidaré, el que no quiero reemplazar, porque no recuerdo si te lo dije, pero amaba cada detalle de ti, la forma de cada uno de los lugares ubicados en ti, te juro, los amaba, estaba enamorado de ellos, estaba complacido de tenerlos a mi lado; luego mezclaré tus labios y tus palabras, tus labios en forma de corazón y tu dulce razón, tu dulce esencia, tus dulces palabras, las tengo grabadas en mí, en mi cabeza, escucho tus besos en las noches, los escucho como si fueran reales, como si sucedieran, como si fueran a volver, te escucho llegar, te escucho volver.

Son tantas pero tantas las cosas que tengo que borrar, que olvidar, que matar para poder seguir, tantas son las huellas que existen, que algunas son imposibles de deshacer, tengo mi cuerpo lleno de cicatrices tuyas, tengo orificios en la piel donde estás tú metida, tengo marcas en los brazos, marcas imborrables que me han de perseguir toda la vida. Porque esto, lo que fuimos nosotros, lo que para mí somos, lo que vivimos juntos me dejó demasiado, y ahora me he vuelto exigente y desearía más, aún te puedo cargar más tiempo, porque mientras te cargaba, mientras soportaba nuestro nosotros, estaba caminando firme, estaba apoyado en ti, estaba adentro del mundo que necesitaba, el mundo que conocí por ti, ese mundo que me había salvado.

Aún recuerdo nuestras tardes, nuestros planes, nuestros sueños, aún los vivo en mi cabeza, como un vídeo que se repite una y otra vez, aún me recuerdo viviendo contigo, durmiendo juntos en la misma cama, viviendo por el otro, para el otro. Recuerdo aún las promesas que nunca me gustaron hacer pero con las cuales me comprometí y ahora me persiguen, los cambios y giros que tuvo mi vida sin pedirlos, sin quererlos, aún recuerdo la esperanza que me dabas cuando nunca la tuve.

Había hecho un lazo contigo, nos habíamos atado, te había imposibilitado de poder vivir una vida de decisiones arbitrarias, me había imposibilitado a mí también, pero no me importaba en absoluto, no quería decisiones arbitrarias, individuales, quería ahora decisiones compartidas, que incluyeran eso que denominamos futuro, esos planes que yo nunca tuve pero que ahora mantenía presente contigo, esas fechas vacías en los días del año, que fueron vacías hasta que lograron significar algo, significarlo sinceramente; esperarlas, anhelarlas.

Soy un hombre inestable, soy un ser absolutamente triste, absolutamente llevadero, me faltan metas, grandes proyectos por los que luchar, grandes ganas por vivir, por respirar, por sonreír: Grandes huecos y ideales hay en mi vida que me cohiben a ser feliz, caso contrario como eres tú, caso contrario a mi tiempo contigo, porque me transmitías eso, me mandabas grandes cantidades de ganas, de alegría, de razones para levantarme, para sonreír, para llevar conmigo tu recuerdo, en mis brazos, en un dije en mi cuello, en un lugar, en mis cobijas.

Qué contradicción tan grande es esto ahora, escribir la forma de olvidarte y terminar encontrando las mil y un razones para recordarte, para encontrarte, para no dejarte ir; porque no dejarte ir es exactamente lo que yo quisiera, ir detrás de ti, siguiendo tus pasos, apoyándote de lejos, de cerca, sintiéndonos como antes, como tan bien nos sentíamos, cuando sonreíamos, cuando nos besábamos, cuando te hacía cosquillas hasta que te enojaras; cuando te tumbaba, subía encima de ti y sin decir palabra alguna te decía todo, te miraba a los ojos, respiraba hasta el fondo, suspiraba, subía mi mano para acariciarte y seguía mirándote, luego, en el medio del huracán de emociones que era mi cuerpo, de adentro tomaba aire y pronunciaba la frase más sincera que he podido decirle a alguien, la más real que he podido decirte: “te amo…”, y luego te abrazaba.

No puedo escribir ahora un final, no le encuentro las letras, ni los puntos, ni el orden para escribir algo donde me despido de ti, ni siquiera le encuentro el sentido, porque en esta vaina del lenguaje, aquí tratando de continuar, de establecer de nuevo un orden a mi vida, un orden diferente, acá, en este texto, me he dado cuenta de lo que nunca me di cuenta, y es de lo bien que me sentía contigo, de lo complacido que realmente estaba contigo, realmente estaba en casa, contigo. No sé qué más pueda decir, al fin y al cabo las cosas están como están, pero pues como te dije, o como te digo ahora, no quiero nada diferente a eso que tú me dabas, y que definitivamente eras tú la que me lo daba; así que estaré acá, en el mismo lugar donde tantos besos nos dimos, donde tantos abrazos nos llenaron. Estaré por aquí, por allá, acá, esperándote, estancado en nuestro recuerdo aguantando para volverlo a hacer realidad.


marzo 27, 2014

Mañana.



–¿Te gustó? –Me preguntó ella mientras yo aun me encontraba agitado.

–Claro que sí, como siempre.

–Me alegra que me lo digás, pensaba que ya no.

Y ojalá “ya no”, ojalá ya no me enloqueciera esa mujer, ¿pero qué le íbamos a hacer? Aquella mujer, con la que estuve casado durante veinte años, con la que tuve dos hijos, dos hermosos errores que me sonreían cuando me veían, dos hermosísimos gastos que tenía que pagarle a ella cada mes; porque ella me los había quitado, y para colmo, me cobraba también por tenerlos; esa mujer que me quitó mi casa, la casa que yo pagué, en la que la cuidé mientras estuvo enferma, mientras la mantuve. Esa misma mujer era la que ahora estaba acostándose conmigo.

–¿Y ahora qué? –Le dije, mientras ella se iba vistiendo y yo me quedaba acostado en la cama de ese apartamentucho en el que yo vivía.

–¿Y ahora qué, de qué? No vayás a empezar, Juan, vos sabés que yo ya no te amo, que hacemos esto porque todavía me gustás y por tu situación, nada más.

Eso era cierto, eso era parte de lo que tenía que aguantarme de ella, de esa mantenida que me arruinó la vida y a la cual le rogaba de vez en cuando, que me ayudara a dejar de sentirme solo y se acostara conmigo. Qué tortura en la que se había vuelto mi vida. Me enamoré de ella, cuando aun era joven, como a eso de los diecinueve, cuando me funcionaban bien las piernas y los pulmones; estuvimos saliendo un par de años, como cuatro o cinco, que por más rencores que tenga ahora, creía que eran buenos. En fin, nos casamos (cosa que nunca pensaba hacer), tuvimos hijos (segundo error), y me la aguanté veinte años (el error fatídico). ¿Pero qué más daba ya? ¿Para qué arrepentimientos? Luego de esa serie de eventos desafortunados, vino el peor, contradictoriamente, la solución a todos esos errores ya cometidos terminó siendo la condena. Nos divorciamos, y me dejó sin nada: sin su amor, que al fin de cuentas ya había dejado de serlo hace mucho pero en el cual aun vivía engañado; sin mis hijos, que a pesar de siempre haber tenido claro que no debía, llegaron y pues eran parte mía; sin dinero, sin pertenencias, se las llevó, me dejó en la calle, y además pagándole por tener a los hijos que eran míos en la casa que era mía. Y luego, para colmo, cuando nada puede estar peor, cuando las cosas están tan, pero tan hechas mierda, mis pulmones, luego de veintitantos años de fumar, me joden también; me diagnosticaron cáncer, en fase avanzada, sin nada qué hacer, sin ningún remedio de ningún curandero que me salvara ni ningún dios que me hiciera el milagrito.

–¿Me acompañás hasta abajo o te quedás acá esperando a que te murás?

–Esperame me pongo algo y bajo con vos.

Se acercó ella al espejo y empezó a maquillarse. Mientras tanto yo me ponía algo de ropa para acompañarla. Busqué las llaves del apartamento en medio del desorden en el que yo vivía, las encontré y salimos los dos por el pasillo.

–Juan, yo no quiero ser mala con vos, pero es que… Mirá… Las cosas son como son, es tu culpa, vos yo no sé qué es lo que hacés pero me fastidiás y a veces no sé lo que digo. Vos sabés que te amo, aun lo hago. Vení, Juan, mirame…

Se acercó a mí, me agarró la cara con las dos manos y me besó en la boca.

–Juan, no llorés, no llorés que nos ponemos a llorar aquí los dos como un par de magdalenas. Ven, estoy con vos, vení.

–Mirá, Ana, no digás nada, ahora no me vayás a putear otra vez, pero simplemente ya no me jodás, ya sé cómo son las cosas con vos y no pienso pedirte que cambies nada. Al fin y al cabo, cada vez que te llamo o que te busco ya sé a qué atenerme, así que no importá.

–Ves, Juan, con vos no se puede, jodés porque sí y jodés porque no. ¿Sabes qué? Dejame aquí, volvé a echarte como una vaca que es lo único que hacés bien. Y no se te olvide que ya casi tenés que pagar lo de los niños. Me avisás cualquier cosa, descansá.

Se fue, de nuevo, brava porque sí, echándome la madre para no perder la costumbre; y yo, nuevamente volvía a esa miserable vida, a esta miserable vida sin ella, que con ella quién sabe qué tan miserable sería, pero bueno, así era ahora. Ya no creo ni en Dios, ese gran malparidito no me ha ayudado pero en nada, me deja morir, ¿será que en eso es en lo que me ayuda?

Ya no tengo la cuenta ni de cuántos cigarrillos me he fumado, ni de cuántas veces mi vida se ha destrozado, ni mucho menos de cuántas lágrimas he derramado. A ratos me pregunto, ¿qué fue lo que hice tan mal? No fui un santo, pero no creo haberme merecido todo esto. No fui un santo con ella tampoco, la culpa de todo no es de ella, ¿pero después de todo, después de todo lo que hice por ella me merezco que ella sea así conmigo? Bah, no hay conclusión, sólo preguntas de mierda. 

La noche se hacía larga, mi vida me importaba un comino, encendía un cigarrillo tras otro en medio de la terrible tos que sufría, me sentaba cerca de la ventana a pensar hasta dónde había llegado; y una vez más, me rompía en lágrimas, en un incesable llanto que nadie oía, que no callaba, que nadie consolaba. Estaba solo yo, yo solo en este lugar de la mierda, yo y este cigarrillo que también me mataba, pero que bueno, al fin de cuentas, por lo menos iba a acompañarme hasta la muerte y a morir conmigo de paso.

Ahora.



¿Cómo me siento? Es decir, la veo, entra, se acerca y brilla; brilla ante mis ojos, abre sus brazos y me lanza un abrazo en el que siento el calor de su cuerpo y el volumen de sus senos; me siento bien, me agrada verla. Me suelta y sigue caminando, continuando su entrada, y ahí, en un pestañeo entre el momento exacto en el que me suelta y pronuncia palabra, ahí se acaba la magia, definitivamente me siento solo. No encuentro ya en ella una prueba veraz de todo eso que alguna vez nos prometimos, todo ese extraño mundo en el que me adentré, esa paz segura de un futuro prometedor. 


¿Cuánto más podré seguir dañándome? Me lo pregunto en cada despedida, en cada sinsabor de sus besos a medias, de sus ojos sin expresión. Aún recuerdo sus colores de antes, sus gestos de satisfacción, recuerdo aún la expresión de su alma llena, satisfecha, de su alma con la mía, lo recuerdo pero no lo siento. Quisiera no sentir nada, la montaña rusa de emociones en las que vivo, va de picada: subo, las cosas son lentas, me estabilizo, está a mi lado; bajo, luego, estoy cayendo, sin poder sostenerme de nada, voy directamente al suelo; un vacío se apodera en mi estómago, me duele, tengo miedo, quiero detenerlo. Dura un poco hasta que vuelvo a estabilizarme, no hay más bajada por ahora, vamos a olvidarla.

¿Por qué sigo acá? Estoy, ahí entre donde empieza ella y termino yo, en ese trayecto turbulento me encuentro, tratando de permanecer, de luchar, de mantener, de disfrutar. Me estoy quedando sin fuerzas, sin ganas, sin vida; en especial sin vida, se me acaba la vida, no me dura, me despedazo. Faltan montones de cosas, que quiero lograr, a las que aun le apuesto; es la lotería de siempre, la que nunca gano, pero en la que siempre juego apostándole a los mismos número, sin resultados, pero con una esperanza inútil. Tengo que salir, que vivir, pero no he sabido cómo.

¿Cuándo acabará? No me siento capaz de pronosticar un final feliz, somos un cigarrillo, que tendrá que morir al no quedar más que quemar, al acabarse la ceniza. Vamos hacia la nada, creo que ése es exactamente mi principal problema, no hay un punto fijo adonde queramos dirigirnos; necesito un plan, viví la mayoría de mi vida de momentos, de espacios donde el instante y el ahora era lo que realmente valía la pena; ahora, ahora no puedo así, no puedo de a ratos, los instantes se quedan cortos, somos más que instantes, o eso pretendí que éramos.



Quini.


Se acerca mi viaje, ¿recuerdas? Me esperan las montañas de nuevo, para subirme por allá en la cima de ellas y descansar de esta espantosa ciudad; he estado anhelándolo, desde hace varios meses, armar mi carpa y recostarme ahí un par de días como si todo anduviera bien, como si nada me faltase.


Pero tengo un problema ahora que lo pienso, a pesar de que empaqué ya todo, me falta aún algo, y me va a faltar; me estás faltando tú, me faltas, te necesito para ello; no sabes cuánto anhelo compartir esto contigo; sinceramente, desde que estás quiero incluirte en mis planes, porque tú les das un sentido diferente, me das sombra en el día y luz en la noche, tal como me gusta, me das aquello que necesito.


¿Y entonces, qué dices? Estoy esperando que digas que sí, realmente espero un 'sí' como respuesta, porque de lo contrario será un viaje ausente, será un viaje que tendrá un vacío todo el tiempo, porque no tendré tus labios, para besarlos mientras caminamos por el bosque; ni tus abrazos cuando la noche llegue y tenga frío. Quiero que lo consideres de nuevo, después de todo, estamos juntos en esto, ¿no? Después de todo es a ti a quien quiero arropar esa noche, en esa montaña, con esa cobija nuestra, ¿recuerdas? Eres tú con quien me quiero tomar un Milo en la noche y en la mañana: preparártelo y llevarlo a tus brazos; abrazarte por detrás en la oscuridad mientras lo tomas, y en la mañana mientras estés acurrucada mirando a través de la carpa, colocarte la cobija encima y mirarte mientras el sol recién amanecido se refleja en tus ojos y tu cabello. 


Imagina: despertar, caminar, soñar (como tanto te gusta), dormir, vivir, leer. Caminar hasta la otra punta de la montaña, detenernos ahí, sentirnos en el aire, sentirnos juntos en la cima, sentir que no hay nada más, que hemos llegado, que estamos juntos ahora, flotando entre las nubes; luego sentarnos a respirar por un rato diferente; volver a descender, encontrarnos entre la naturaleza que nos roza los tobillos, que nos hace cosquillas mientras caminamos; que nos roza las manos que tenemos entrelazadas. Llegamos de nuevo a ese bosque con árboles gigantes, con su silencio tranquilizador, encendemos con esfuerzo una fogata, y nos sentamos ahí, tú entre mis piernas, al frente del fuego, sintiendo el calor de la naturaleza, quemando malvaviscos, viviendo bajo el encanto de un lugar absolutamente perfecto. Sentarnos luego a reír, cuando el sol esté descendiendo, a darnos besos cortados por miradas silenciosas, miradas que hablan. Y cuando la noche está llegando, sentarnos con la cámara a tomar fotos, esas fotos lentas que capturan luz, presionar el botón, besarte mientras obtura, y luego verla juntos, querer repetirla mil veces sólo con la excusa de darnos un beso. 


Es bastante el riesgo de no querer volver, por lo menos para mí, porque tendría ya todo arreglado, tendríamos ya todo solucionado, o podríamos solucionarlo. Podríamos llevar también tu guitarra, y que tocaras para mí, sé que lo harás bien, y sé que podrás mejorar, con cada noche allí; prometo también intentar acompañarte, intentar cantar nuestro sentir, juntar tus manos con mi voz, tus acordes con mis letras, sé que lo lograremos y nos gustará. 


Por si no te has dado cuenta, eres la imagen perfecta de mis deseos, eres tú, la que vive en mí cuando me brillan los ojos, eres tú la que sonríe por mí; culpable sí eres, de cada sensación que causas, de cada hueco que llenas. Eres la causante de esa vida que ahora quiero vivir, de ese querer que no quiero dejar de sentir.


¿No son suficientes razones aún? Para mí lo son, porque de verdad lo deseo, deseo compartir otra noche contigo, fuera de las que ya hemos compartido, quiero que me veas más desnudo de lo que ya me has visto, quiero que confíes cuando escuches el viento atravesar las hojas de los árboles debajo de los cuales dormiremos, quiero que te sientas tranquila, que me mires a los ojos, me beses y me abraces, y claro, principalmente que al hacerlo quieras quedarte, quedarte otro tiempo más, porque para mí no ha sido suficiente, porque para mí falta; porque me debes muchas noches, muchas noches en las que no has estado, muchos besos que no me has dado, muchos recuerdos que aun no me has creado. Nos debemos aun muchas cosas, por eso, quiero hacerte esta invitación, a que vivas conmigo en la naturaleza, a que soñemos juntos en un silencio profundo, a que nos hagamos una vez más el amor, esta vez, antes de dormir, cuando tengamos miedo de la oscuridad. 


Así que, ¿qué dices?


Bogotá



Bogotá, absurda ciudad, volver acá es volver a caer, instantáneamente recupero aquellos malos pensamientos, recuerdo cómo es que podía destruirme; y lo que es aún peor, llegó acá, a sentarme donde siempre me sentaba, a mirar el cielo que siempre me acompañaba y a quejarme como siempre lo hacía; resulto poniendo de mi parte para destruirme, para pensar que sin un motivo fijo, sin un problema directo que me afecte realmente, sin siquiera tener una razón absolutamente válida para afectarme, aún sin eso, me afecto, y de qué manera. Es que simplemente, el problema radica en las ganas, definitivamente no hay ganas, no quedan; ¿ganas de qué? ¿De vivir en Bogotá, de cuidar a Salvatore, de estudiar? ¿Para qué? La única salida que creía tener era Isabel, pero ahora mi inestabilidad la iba alejando, sin que ella lo supiera, yo en mi cabeza estaba ya preparándome para cuando se fuera, qué predecible me creo ser. En fin, esta ciudad no me gusta, realmente la detesto, podrán pensar, podrán creer que mi vida en esta ciudad, en esta zona de Bogotá, en este apartamento, con ese papá, pensarán que es envidiable, pero no, y no soy desagradecido, de verdad, esto no es más que basura, literal y profunda basura.



marzo 26, 2014

JYOD


Esta vez, no hay lágrimas en mis ojos, pero es verdad, me siento absolutamente triste, por esperar lo que ya jamás llegará, por querer vivir una realidad que no me pertenece, por creer que un sueño y un anhelo sobreviven al desastre. Así que ya sólo puedo lamentarme, porque te vas, porque me dejas y no te duele, sólo caminas sin mirar atrás, caminas hacia delante como yo nunca podría hacerlo, por lo menos no, si sé que te dejo a mis espaldas.

Ya no quiero llorarte, no lo pretendo, deseo dejar de esperarte, porque aunque te hayas ido, aunque me hayas demostrado y me hayas dejado claro que no vas a volver, yo sigo sentado en aquel balcón, mirando ese mar que mirábamos juntos, sigo fumando los mismos cigarrillos que fumábamos juntos, y la peor parte, sigo amándote como se supone que lo hacíamos.

Al final, nada de esto valió la pena; aunque suene contradictorio, me salvaste mil veces y valió la pena esas mil veces, pero ahora, al final, el final que tú pusiste, que es cuando te necesito, te vas y ya nada vale la pena, incluyéndote.

Así que, Isabel, mi corazón en tus brazos fue mi salvación, así que, mi destino en tus manos fue mi derrota. Te amo con todas las fuerzas que pueda tener mi corazón, te amo con cada sonrisa que tuvimos. Y así, Isabel, así también te culpo y creo odiarte, porque tú has deshecho todo mis restos, de mis dolores pasados; has terminado de romperme, y ahora ya no hay quién me repare, ahora sólo puedo rendirme, sí, como un resignado, como un perdedor; ahora ya sólo puedo descansar, dejarme descansar. Así que, gracias por todo y también gracias por nada.

Y ya para terminar, para terminar la historia que soy yo, me entrego primero, en cuerpo y alma, a este cigarrillo, a esta botella de whisky, y a estos tres pesares con los que cargo: el de mi madre, que pude ir asumiendo con el tiempo, pero que no había olvidado, que no había sanado y al que pretendo hoy renunciar; al de mi abuela, que me acompaña en esta ciudad, donde vine a olvidarla y es la hora en que ni siquiera supe empezar, por eso, me rindo también; renuncio a olvidarte, abuelita, me quedo contigo, me quedo contigo hasta que me quede sin mí; y por último, y increíblemente mi herida más profunda, tú, tú de nuevo, Isabel, tú todavía me partes con sólo pensarte, porque mientras tú vives tu vida, yo me muero por ti, me moriré por ti.

No quiero despedirme de Salvatore, no puedo hacerlo, no soy tan fuerte, no soy fuerte, además, ni lo merece él ni lo merezco yo; sólo le deseo que me recuerde, que esté contento por mí, que esté orgulloso por todo lo que logré sonreír, por todo el camino que recorrí. Siempre tendré presente el sinsabor de su ausencia, pero qué más da, te perdono, lo perdono para podernos irnos en paz.

Voy para la segunda botella, ya las lágrimas han dejado una mancha notable en mi camisa azul, ya los ojos me pesan, de tanta nostalgia en ellos; ya mis manos tiemblan, de estos tres paquetes que me he fumado, ya no sé ni qué estoy sintiendo.

Así que me acerco a la cocina, tomo el cuchillo más grande, lo acerco a mi cuello y siento el frío de éste, mientras tiembla en mi mano, lo acerco a las venas de mi brazo y intento atravesarlas, pero simplemente no puedo, no soy valiente.

Bajo por el ascensor, ya sin emociones, destrozado en medio del sonido de la brisa que atraviesa ese infinito mar azul, con el cual me voy a encontrar; llego a la recepción, la atravieso, cruzo la avenida y empiezo a caminar por la playa, llego al borde que une el agua con mis pies. Frente a la luna, que me crea sombra, que es testigo de mi presencia, bebo por última vez el resto de la botella y la lanzo al malecón cercano. Ahora, aspiro ese cigarrillo que nunca me dejó, lo aspiro, ensucio mi cuerpo y me lleno de humo una vez más.

Empiezo ahora a caminar hacia dentro, sintiendo cómo el agua sube a mis pies, camino poco a poco, por cada gota que sube sobre mi cuerpo me voy limpiando, voy renunciando. Estoy ya en puntas de pies, con el agua al cuello.

Me imagino leyéndole a mi mamá, me imagino acostando a Salvatore, me imagino ese hermoso piano blanco, imagino ese balcón perfecto. Recuerdo a mi abuela, riendo conmigo mientras fumamos. Y por último, te imagino a ti, Isabel, con el sol detrás de ti, resaltándote; te recuerdo mientras hacíamos el amor, mientras te hacía mía, mientras te tuve.

Sonrío una vez más mientras una lágrima me escurre por el rostro. Doy un paso más y ahora estoy flotando, porque hoy, 4 de junio, a las 11:11 p.m., hoy por fin puedo descansar, hoy me rindo, hoy me dejo llevar, por este inmenso océano, así que adiós, gracias. En el fondo repetiría absolutamente todo, estaría dispuesto, pero eso ya es pasado, y futuro no existirá, así que por ahora, mientras floto en esta agua salada en plena noche, le pido al océano que me ame, que me desee y me lleve para siempre con él, como yo me llevaré todo.


...


Mirando un punto fijo por la ventana que se encontraba en el baño, aparecía yo, sumergido en la tina, con el agua helada y la ropa puesta; fumando un cigarrillo tras otro mientras el punto fijo al que observaba me iba trayendo ideas a la mente. Ideas de mi futuro, de mi dolor latente que me estaba despedazando de a pocos, que me había estado acribillando. Acurrucado en la tina, con los brazos sobre las rodillas, mis manos yendo y viniendo a mi boca con el cigarrillo, que acababa de encender de nuevo, uno tras otro pasaban como mi única meta trazada para el ahora, mi única esperanza reducida a un cilindro tóxico que llevaba fumándome las últimas dos horas.

¿Qué puedo decir? Soy un alma tambaleante, un cuerpo débil y un espíritu entregado, los cuales estaban ya desgastados, ya doloridos de tanto, de tan poco; pero lo peor del asunto, era que no hacía nada por cambiarlo, simplemente me sumergía cada vez más en la tina de ese baño con la puerta cerrada con llave, con un revolver a mi izquierda, una solución a mi izquierda; desazón a la derecha y todo un torbellino de sentimientos y emociones no correspondidas encerradas en el centro, en mí, en lo más profundo de mi cuerpo, de mi alma, de mi sórdida existencia.

Estoy ya desesperado, mis intentos por salir han sido hasta ahora inservibles, y para sorpresa mía, ahora, fuera de afectar mis pensamientos afectan mi cuerpo, mis músculos, mis huesos, las expresiones de mi rostro, ya agotado, sin ganas, absolutamente melancólico y triste. ¿En qué me he convertido? ¿Hasta dónde he llegado? Miles de preguntas surgen después de haberme visto autodestruirme, de irme dejando morir cada día sin evitarlo, sin impedirlo, dispuesto pues a más, a más dolor, porque al fin de cuentas la felicidad ya no contaba, la comodidad ya no era real, sólo quedó pues un puro e interminable dolor que me trajo ahora a este baño, a esta tina, con este revolver y estos cigarrillos dispuesto ya, por fin, a renunciar.



Adiós


Debimos habernos escrito más, habernos puesto más tildes, más puntos, más. Los recuerdos, ahora que lo pienso no son suficientes; es un conflicto entre lo que me queda de ti y lo que me falta. Debí haberte aprovechado, cuando aún podía, cuando aún quería, cuando te tenía; ahora es un poco tarde, ahora siento que vamos en un tren que inevitablemente va detenerse en tu destino, y te irás y yo seguiré acá, sin saber hacia dónde voy, sin ya recordar de dónde vengo. 


No quisiera dejar irte, no sin antes vivirte un poco más. Pero es tarde, ¿cierto? Quisiera que la respuesta a esa pregunta fuese un rotundo ‘no’, un ‘no’ cargado con tu sonrisa, esa sonrisa mañanera que te resalta tanto, que te llena de vida, que te ilumina a mi vista. ¿Por qué te vas? No me dejes, no ahora, cuando tan completa me tienes; no te vayas, no sin mí.


No sé cómo ponerle punto final, no sé escribirte y luego cerrarte, cerrar esta historia entre nosotros, y me duele, me duele terminarla; más aún con este sinsabor de tu partida, con el sinsabor de no haberte besado más, de no haberte tocado más, de no haberte dado más. 


Simplemente no me olvides, como pienso que lo vas a hacer; recuérdame, como una razón para volver algún día, como un sueño por cumplir. Yo me quedaré por aquí, mirando cómo se soluciona esto de no tenerte, de tenerte ahora y tener que dejarte ir.