Desperté sin mas, luego de un largo descanso, abrí los ojos y bajé por la escalera en madera que se encontraba al final de la habitación, descendí por ella y me encontré de frente con el balcón, con ese tranquilo balcón adornado por ella; sentada con un café en la mano, desnuda con una camisa mía que la cubría sólo un poco, con las piernas cruzadas recibiendo una luz en su cuerpo, una luz en la mitad de su rostro que la adornaba para mí. Parecía una fotografía, ella inmóvil siendo perfecta. Caminé hacia el balcón, la besé y me senté junto a ella a mirar el paisaje; encendí un cigarrillo, fumaba con la paz que ella me transmitía, escuché los pájaros cantar, la brisa moverse dentro de mí y dentro de su cabello, de su cabello suelto que me encantaba. No habían palabras por decir, sólo un silencio específico, en el que hablaba con ella, en el que me conectaba con aquella mujer que disfrutaba su café, aquella desnuda mujer a la que decidí entregarle mis mañanas, aquella que compartía conmigo ese balcón, esa mujer que hacía un instante había besado en la boca y que hacía instantes acababa de soñar, antes de haber despertado. Estaba ahí ante mí, sin decir palabra alguna, estática, desnuda, perfecta. Era aquella mujer, la del balcón, la del café, era ella la indicada. Le robé un sorbo de su café y se acercó a mí, se acercó y la abracé intentando no dejarla escapar. La cubrí entre mis brazos y seguí mirando hacia el vacío, hacia el paisaje que caía esa mañana sobre ese balcón, en el que me encontraba ahí, con ella.
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