Imagina: despertar, caminar, soñar (como tanto te gusta), dormir, vivir, leer. Caminar hasta la otra punta de la montaña, detenernos ahí, sentirnos en el aire, sentirnos juntos en la cima, sentir que no hay nada más, que hemos llegado, que estamos juntos ahora, flotando entre las nubes; luego sentarnos a respirar por un rato diferente; volver a descender, encontrarnos entre la naturaleza que nos roza los tobillos, que nos hace cosquillas mientras caminamos; que nos roza las manos que tenemos entrelazadas. Llegamos de nuevo a ese bosque con árboles gigantes, con su silencio tranquilizador, encendemos con esfuerzo una fogata, y nos sentamos ahí, tú entre mis piernas, al frente del fuego, sintiendo el calor de la naturaleza, quemando malvaviscos, viviendo bajo el encanto de un lugar absolutamente perfecto. Sentarnos luego a reír, cuando el sol esté descendiendo, a darnos besos cortados por miradas silenciosas, miradas que hablan. Y cuando la noche está llegando, sentarnos con la cámara a tomar fotos, esas fotos lentas que capturan luz, presionar el botón, besarte mientras obtura, y luego verla juntos, querer repetirla mil veces sólo con la excusa de darnos un beso.
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