¿Cuánto más podré seguir dañándome? Me lo pregunto en cada despedida, en cada sinsabor de sus besos a medias, de sus ojos sin expresión. Aún recuerdo sus colores de antes, sus gestos de satisfacción, recuerdo aún la expresión de su alma llena, satisfecha, de su alma con la mía, lo recuerdo pero no lo siento. Quisiera no sentir nada, la montaña rusa de emociones en las que vivo, va de picada: subo, las cosas son lentas, me estabilizo, está a mi lado; bajo, luego, estoy cayendo, sin poder sostenerme de nada, voy directamente al suelo; un vacío se apodera en mi estómago, me duele, tengo miedo, quiero detenerlo. Dura un poco hasta que vuelvo a estabilizarme, no hay más bajada por ahora, vamos a olvidarla.
¿Por qué sigo acá? Estoy, ahí entre donde empieza ella y termino yo, en ese trayecto turbulento me encuentro, tratando de permanecer, de luchar, de mantener, de disfrutar. Me estoy quedando sin fuerzas, sin ganas, sin vida; en especial sin vida, se me acaba la vida, no me dura, me despedazo. Faltan montones de cosas, que quiero lograr, a las que aun le apuesto; es la lotería de siempre, la que nunca gano, pero en la que siempre juego apostándole a los mismos número, sin resultados, pero con una esperanza inútil. Tengo que salir, que vivir, pero no he sabido cómo.
¿Cuándo acabará? No me siento capaz de pronosticar un final feliz, somos un cigarrillo, que tendrá que morir al no quedar más que quemar, al acabarse la ceniza. Vamos hacia la nada, creo que ése es exactamente mi principal problema, no hay un punto fijo adonde queramos dirigirnos; necesito un plan, viví la mayoría de mi vida de momentos, de espacios donde el instante y el ahora era lo que realmente valía la pena; ahora, ahora no puedo así, no puedo de a ratos, los instantes se quedan cortos, somos más que instantes, o eso pretendí que éramos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario