marzo 27, 2014

Mañana.



–¿Te gustó? –Me preguntó ella mientras yo aun me encontraba agitado.

–Claro que sí, como siempre.

–Me alegra que me lo digás, pensaba que ya no.

Y ojalá “ya no”, ojalá ya no me enloqueciera esa mujer, ¿pero qué le íbamos a hacer? Aquella mujer, con la que estuve casado durante veinte años, con la que tuve dos hijos, dos hermosos errores que me sonreían cuando me veían, dos hermosísimos gastos que tenía que pagarle a ella cada mes; porque ella me los había quitado, y para colmo, me cobraba también por tenerlos; esa mujer que me quitó mi casa, la casa que yo pagué, en la que la cuidé mientras estuvo enferma, mientras la mantuve. Esa misma mujer era la que ahora estaba acostándose conmigo.

–¿Y ahora qué? –Le dije, mientras ella se iba vistiendo y yo me quedaba acostado en la cama de ese apartamentucho en el que yo vivía.

–¿Y ahora qué, de qué? No vayás a empezar, Juan, vos sabés que yo ya no te amo, que hacemos esto porque todavía me gustás y por tu situación, nada más.

Eso era cierto, eso era parte de lo que tenía que aguantarme de ella, de esa mantenida que me arruinó la vida y a la cual le rogaba de vez en cuando, que me ayudara a dejar de sentirme solo y se acostara conmigo. Qué tortura en la que se había vuelto mi vida. Me enamoré de ella, cuando aun era joven, como a eso de los diecinueve, cuando me funcionaban bien las piernas y los pulmones; estuvimos saliendo un par de años, como cuatro o cinco, que por más rencores que tenga ahora, creía que eran buenos. En fin, nos casamos (cosa que nunca pensaba hacer), tuvimos hijos (segundo error), y me la aguanté veinte años (el error fatídico). ¿Pero qué más daba ya? ¿Para qué arrepentimientos? Luego de esa serie de eventos desafortunados, vino el peor, contradictoriamente, la solución a todos esos errores ya cometidos terminó siendo la condena. Nos divorciamos, y me dejó sin nada: sin su amor, que al fin de cuentas ya había dejado de serlo hace mucho pero en el cual aun vivía engañado; sin mis hijos, que a pesar de siempre haber tenido claro que no debía, llegaron y pues eran parte mía; sin dinero, sin pertenencias, se las llevó, me dejó en la calle, y además pagándole por tener a los hijos que eran míos en la casa que era mía. Y luego, para colmo, cuando nada puede estar peor, cuando las cosas están tan, pero tan hechas mierda, mis pulmones, luego de veintitantos años de fumar, me joden también; me diagnosticaron cáncer, en fase avanzada, sin nada qué hacer, sin ningún remedio de ningún curandero que me salvara ni ningún dios que me hiciera el milagrito.

–¿Me acompañás hasta abajo o te quedás acá esperando a que te murás?

–Esperame me pongo algo y bajo con vos.

Se acercó ella al espejo y empezó a maquillarse. Mientras tanto yo me ponía algo de ropa para acompañarla. Busqué las llaves del apartamento en medio del desorden en el que yo vivía, las encontré y salimos los dos por el pasillo.

–Juan, yo no quiero ser mala con vos, pero es que… Mirá… Las cosas son como son, es tu culpa, vos yo no sé qué es lo que hacés pero me fastidiás y a veces no sé lo que digo. Vos sabés que te amo, aun lo hago. Vení, Juan, mirame…

Se acercó a mí, me agarró la cara con las dos manos y me besó en la boca.

–Juan, no llorés, no llorés que nos ponemos a llorar aquí los dos como un par de magdalenas. Ven, estoy con vos, vení.

–Mirá, Ana, no digás nada, ahora no me vayás a putear otra vez, pero simplemente ya no me jodás, ya sé cómo son las cosas con vos y no pienso pedirte que cambies nada. Al fin y al cabo, cada vez que te llamo o que te busco ya sé a qué atenerme, así que no importá.

–Ves, Juan, con vos no se puede, jodés porque sí y jodés porque no. ¿Sabes qué? Dejame aquí, volvé a echarte como una vaca que es lo único que hacés bien. Y no se te olvide que ya casi tenés que pagar lo de los niños. Me avisás cualquier cosa, descansá.

Se fue, de nuevo, brava porque sí, echándome la madre para no perder la costumbre; y yo, nuevamente volvía a esa miserable vida, a esta miserable vida sin ella, que con ella quién sabe qué tan miserable sería, pero bueno, así era ahora. Ya no creo ni en Dios, ese gran malparidito no me ha ayudado pero en nada, me deja morir, ¿será que en eso es en lo que me ayuda?

Ya no tengo la cuenta ni de cuántos cigarrillos me he fumado, ni de cuántas veces mi vida se ha destrozado, ni mucho menos de cuántas lágrimas he derramado. A ratos me pregunto, ¿qué fue lo que hice tan mal? No fui un santo, pero no creo haberme merecido todo esto. No fui un santo con ella tampoco, la culpa de todo no es de ella, ¿pero después de todo, después de todo lo que hice por ella me merezco que ella sea así conmigo? Bah, no hay conclusión, sólo preguntas de mierda. 

La noche se hacía larga, mi vida me importaba un comino, encendía un cigarrillo tras otro en medio de la terrible tos que sufría, me sentaba cerca de la ventana a pensar hasta dónde había llegado; y una vez más, me rompía en lágrimas, en un incesable llanto que nadie oía, que no callaba, que nadie consolaba. Estaba solo yo, yo solo en este lugar de la mierda, yo y este cigarrillo que también me mataba, pero que bueno, al fin de cuentas, por lo menos iba a acompañarme hasta la muerte y a morir conmigo de paso.

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