marzo 26, 2014

JYOD


Esta vez, no hay lágrimas en mis ojos, pero es verdad, me siento absolutamente triste, por esperar lo que ya jamás llegará, por querer vivir una realidad que no me pertenece, por creer que un sueño y un anhelo sobreviven al desastre. Así que ya sólo puedo lamentarme, porque te vas, porque me dejas y no te duele, sólo caminas sin mirar atrás, caminas hacia delante como yo nunca podría hacerlo, por lo menos no, si sé que te dejo a mis espaldas.

Ya no quiero llorarte, no lo pretendo, deseo dejar de esperarte, porque aunque te hayas ido, aunque me hayas demostrado y me hayas dejado claro que no vas a volver, yo sigo sentado en aquel balcón, mirando ese mar que mirábamos juntos, sigo fumando los mismos cigarrillos que fumábamos juntos, y la peor parte, sigo amándote como se supone que lo hacíamos.

Al final, nada de esto valió la pena; aunque suene contradictorio, me salvaste mil veces y valió la pena esas mil veces, pero ahora, al final, el final que tú pusiste, que es cuando te necesito, te vas y ya nada vale la pena, incluyéndote.

Así que, Isabel, mi corazón en tus brazos fue mi salvación, así que, mi destino en tus manos fue mi derrota. Te amo con todas las fuerzas que pueda tener mi corazón, te amo con cada sonrisa que tuvimos. Y así, Isabel, así también te culpo y creo odiarte, porque tú has deshecho todo mis restos, de mis dolores pasados; has terminado de romperme, y ahora ya no hay quién me repare, ahora sólo puedo rendirme, sí, como un resignado, como un perdedor; ahora ya sólo puedo descansar, dejarme descansar. Así que, gracias por todo y también gracias por nada.

Y ya para terminar, para terminar la historia que soy yo, me entrego primero, en cuerpo y alma, a este cigarrillo, a esta botella de whisky, y a estos tres pesares con los que cargo: el de mi madre, que pude ir asumiendo con el tiempo, pero que no había olvidado, que no había sanado y al que pretendo hoy renunciar; al de mi abuela, que me acompaña en esta ciudad, donde vine a olvidarla y es la hora en que ni siquiera supe empezar, por eso, me rindo también; renuncio a olvidarte, abuelita, me quedo contigo, me quedo contigo hasta que me quede sin mí; y por último, y increíblemente mi herida más profunda, tú, tú de nuevo, Isabel, tú todavía me partes con sólo pensarte, porque mientras tú vives tu vida, yo me muero por ti, me moriré por ti.

No quiero despedirme de Salvatore, no puedo hacerlo, no soy tan fuerte, no soy fuerte, además, ni lo merece él ni lo merezco yo; sólo le deseo que me recuerde, que esté contento por mí, que esté orgulloso por todo lo que logré sonreír, por todo el camino que recorrí. Siempre tendré presente el sinsabor de su ausencia, pero qué más da, te perdono, lo perdono para podernos irnos en paz.

Voy para la segunda botella, ya las lágrimas han dejado una mancha notable en mi camisa azul, ya los ojos me pesan, de tanta nostalgia en ellos; ya mis manos tiemblan, de estos tres paquetes que me he fumado, ya no sé ni qué estoy sintiendo.

Así que me acerco a la cocina, tomo el cuchillo más grande, lo acerco a mi cuello y siento el frío de éste, mientras tiembla en mi mano, lo acerco a las venas de mi brazo y intento atravesarlas, pero simplemente no puedo, no soy valiente.

Bajo por el ascensor, ya sin emociones, destrozado en medio del sonido de la brisa que atraviesa ese infinito mar azul, con el cual me voy a encontrar; llego a la recepción, la atravieso, cruzo la avenida y empiezo a caminar por la playa, llego al borde que une el agua con mis pies. Frente a la luna, que me crea sombra, que es testigo de mi presencia, bebo por última vez el resto de la botella y la lanzo al malecón cercano. Ahora, aspiro ese cigarrillo que nunca me dejó, lo aspiro, ensucio mi cuerpo y me lleno de humo una vez más.

Empiezo ahora a caminar hacia dentro, sintiendo cómo el agua sube a mis pies, camino poco a poco, por cada gota que sube sobre mi cuerpo me voy limpiando, voy renunciando. Estoy ya en puntas de pies, con el agua al cuello.

Me imagino leyéndole a mi mamá, me imagino acostando a Salvatore, me imagino ese hermoso piano blanco, imagino ese balcón perfecto. Recuerdo a mi abuela, riendo conmigo mientras fumamos. Y por último, te imagino a ti, Isabel, con el sol detrás de ti, resaltándote; te recuerdo mientras hacíamos el amor, mientras te hacía mía, mientras te tuve.

Sonrío una vez más mientras una lágrima me escurre por el rostro. Doy un paso más y ahora estoy flotando, porque hoy, 4 de junio, a las 11:11 p.m., hoy por fin puedo descansar, hoy me rindo, hoy me dejo llevar, por este inmenso océano, así que adiós, gracias. En el fondo repetiría absolutamente todo, estaría dispuesto, pero eso ya es pasado, y futuro no existirá, así que por ahora, mientras floto en esta agua salada en plena noche, le pido al océano que me ame, que me desee y me lleve para siempre con él, como yo me llevaré todo.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario